La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz. (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
"La castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad". Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido" (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas. (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
"Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios". Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!". Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!" (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Les enseñaba el Cura de Ars, "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración". Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...". "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis". Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la hostia con amor" (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
"Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida" (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)
Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010 (Carta de Benedicto XVI a los sacerdotes por el año sacerdotal, 18-jun-09)

  • ¿Sacerdote Yo? ¿Por qué no?
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Testimonios de sacerdotes

¿Puede Dios llamarme aunque tenga caídas?

04 Julio 2011

Tirso pregunta:

Padre Ricardo:

Hace unos meses fui a un grupo de oración y desde entonces siento en mi corazón que Cristo me llama para que sea su sacerdote. Sin embargo, al mismo tiempo, yo mismo me digo que no puede ser pues fácilmente tengo caídas en el campo de la castidad (yo solo). Tengo 16 años. ¿Puede Dios llamarme aunque sea un pecador? ¡Gracias por su ayuda!

Querido Tirso,

En primer lugar quiero agradecerte la sinceridad con la que haces tu pregunta. Y la respuesta es más bien sencilla: Sí, Dios puede llamarte aunque seas un pecador. Así le pasó a San Pablo, que perseguía a la Iglesia, a san Agustín, a santa María Magdalena y a tantos otros santos que hoy veneramos. No eran santos cuando Cristo los llamó, pero emprendieron el camino hacia la santidad y, con la ayuda de la gracia, la conquistaron.

Ahora bien, como tú bien intuyes, todo hombre está llamado a vivir la castidad, por la que integra plenamente en su persona su sexualidad. La castidad se vive de diversos modos: como casado, como soltero, como alma consagrada... pero todos debemos vivirla.

Es común que en la adolescencia se sientan con gran fuerza las pasiones. Sin embargo, es muy importante tener presente que Dios nunca permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Por ello, aunque la tentación sea intensa, siempre podemos vencer con el auxilio del Señor.

Independientemente de la existencia o no de un llamado al sacerdocio, Cristo quiere que seas un joven normal y feliz, y por ello te lanza el reto de vivir tu castidad. Para lograrlo, te invitaría, por una parte, a acercarte con mayor frecuencia al sacramento de la Eucaristía y, también, al de la confesión. Incrementa además tu trato con la Virgen María, nuestra Madre purísima, para que ella te enseñe a mantener tu alma y tu cuerpo puros.

Además de los medios sobrenaturales, tienes también medios naturales, como son los pequeños sacrificios (especialmente de la comodidad), el deporte y ejercicio físico, las buenas amistades, etc.

Por otra parte, conviene que evites todo aquello que pueda despertar tus pasiones y ser ocasión de pecado: lecturas, conversaciones, sitios de internet, música, programas de televisión, ciertas amistades, etc.

Además, en el campo de la castidad, las tentaciones hay que afrontarlas de una manera muy simple: huyendo. No les des importancia, dedícate a lo que te tienes que dedicar. Aquí la derrota se mete cuando empezamos a dialogar con la tentación: "un poco nada más", "yo ya me sé controlar", "si no puede estar tan mal", etc.

Finalmente, Tirso, sería muy bueno que hablaras con tu confesor, para que él te ayude a poner los medios más eficaces para no sólo evitar las caídas, sino para que vivas tu sexualidad con alegría y gratitud a Dios por un don tan grande, y, sobre todo, con paz y serenidad, como Él lo ha pensado.

Si Dios te llama a ser sacerdote, conviene que te prepares lo mejor posible y que vayas logrando vencer los malos hábitos que pudieras tener. No importa que seas un pecador, si amas la lucha y no la caída. Sé claro y abierto con tu confesor y él te ayudará a discernir si de verdad el Señor te llama. No dejes morir esta inquietud. No es cuestión de dignidad, sino de predilección de Dios.

Eso sí, si ves que, aún luchando y poniendo los medios que te va aconsejando tu confesor o director espiritual, no logras evitar estas caídas, quizás Dios te pida que lo sirvas por un camino distinto al del celibato. Pero no está dicho que no puedas vencer, más bien, me atravería a decir, que con Cristo la victoria es tuya, aunque hayas perdido hasta ahora muchas batallas.

Cuenta con mis oraciones.

   

Razones teológicas sobre el celibato sacerdotal

04 Julio 2011

Autor: P. Lluciá Pou | Fuente: Catholic.net

... Pío XII llamó a la virginidad y al celibato apostólico "uno de los tesoros más preciosos que Cristo ha dejado en herencia a su Iglesia"...
Razones teológicas sobre el celibato sacerdotal
Razones teológicas sobre el celibato sacerdotal

En el artículo anterior “¿Han de casarse los curas?” se trataba del origen del celibato en la tradición católica, y a base de los comentarios recibidos pienso que podría ser útil dar –además de las razones de la tradición- otros motivos teológicos.


1. REALIZACIÓN PERSONAL.

Como se sabe, en la Iglesia Latina, los sacerdotes son ordinariamente elegidos entre aquellos que están dispuestos a guardar promesa del celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Claudia escribe lo que muchos piensan: “según mi punto de vista no es tan malo que los sacerdotes se casen”, y argumenta varias razones: la madurez psíquica que da la estabilidad familiar; adecuarse a los tiempos que lo reclaman (sería un buen “marketing” ponerse a favor la opinión pública); también los escándalos que han divulgado errores de algunos hacen pensar –como dice san Pablo- que “mejor es casarse que abrasarse”, arreglar una situación sería mejor que dejar una insatisfacción oculta; todo ello le lleva a pensar que “los tiempos cambian y la Iglesia debería hacerlo sin cambiar la esencia del amor a Cristo”, ya que los sacerdotes “son sólo personas con buenas voluntades y llenas de amor para dar y hacer que la mayoría ame y dé al próximo”, parece que antes esta vocación no dejaba tiempo ni para tener familia, pero que ahora es distinto. ¿Qué decir ante tantas razones?

Estamos metidos en un mar donde parece que hay que dejarse llevar por la corriente, pero son admirables los que –sin dejarse llevar por las modas- piensan por libre, son una referencia para los demás, porque no se doblegan ante la presión ambiental. El mejor servicio que presta la Iglesia, la mejor forma de caridad -que es el mandamiento del Señor-, es vivir la verdad con caridad: no ceder en la verdad, aunque a veces cueste el martirio (el sufrimiento, contradicciones de todo tipo), pero sin intransigencias, comprensivos con los puntos de vista de los demás.

Lilian dice que la sexualidad humana es muy rica, y se pregunta por “la realización personal, pues si la sexualidad está inherente al ser humano, ¿cómo se vive en las esferas clericales? Y en esos casos, ¿qué es vivir plenamente la sexualidad? De alguna manera ser célibe no representa negar la sexualidad, pero ¿cómo?... vivimos en un mundo en el que muchas veces se tiene que ir contracorriente. Muchas personas opinan, por ejemplo, que la virginidad en las mujeres ‘ha caducado’”.

También Luz piensa que el matrimonio es mucho más que una “realización sexual” y que “cada persona (sacerdote o no) debería poder decidir si puede obtener una realización plena manteniéndose célibe”. Siempre existe el peligro de pensar -visión maniquea- que el espíritu es bueno y lo corporal malo, pero ya en el relato bíblico de la creación Dios vio que todo “era bueno”, y al crear Adán y Eva vio que lo que había hecho era “muy bueno”.

La sexualidad no es algo secundario, meramente “instintivo”: nos constituye como persona hombre o mujer, es algo íntimo que modela los sentimientos, forma de pensar, proyectos y realizaciones, da una concepción de las cosas, requiere una educación adecuada, y tiene una íntima conexión con lo religioso, define de algún modo la relación esponsal con Dios.

Se manifiesta también en el modo de relacionarse con los demás y en la actuación social, el modo de realizar el trabajo o vivir en familia, las expresiones literarias y otras formas artísticas, da una sensibilidad ante la vida y el mundo y los demás. En concreto, determina un modo de admiración y simpatía mutuos entre el hombre y la mujer. Es todo un misterio que determina un modo de vivir.

Ahora bien, Cristo instituye un sacerdocio nuevo, "eligió a los que quiso para estar con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-19, Mt. 10, 1-42). Escoge a los que de antemano ha dado aquel carisma, que comprende probablemente también el celibato (que vivirán a partir de entonces). Querrán “estar con él” y asimilar su vida a la de Cristo. Esto lo escribe Myrtha de maravilla: “los escogió célibes, pues a los casados les dijo que dejarán todo, S. Pedro Cabeza de esta Iglesia Actual, era casado, y dejo todo. No se puede servir a dos amos, dijo Jesús. Yo, casada, lo veo: ¡cuanto cuesta la familia!, y no se puede todo, o es uno o lo otro.

Pero cuantos no saben la verdadera vocación fallan porque no hacen un alto en el camino antes de decidir, un sabático para que el corazón les diga qué quiere Jesús de cada uno”. La plenitud de ser hombre no se determina por un modo único de vivir la sexualidad, en el fondo del alma es donde se escoge la relación esponsal con un hombre/mujer, o directamente con Dios, y en este caso –sigue diciendo Myrtha- “hacer una entrega total en cuerpo y alma, con un mundo de oración para que la tentaciones mundanas no afecten a esas almas privilegiadas, escogidas por Dios, para servir a Dios y a las almas. Bendito sea el verdadero Sacerdocio, bendito sean los que con las luchas de cualquier ser humano triunfan, sólo la gracia de la vocación que sale del corazón puede triunfar, pues esas almas escogen lo mas sagrado, ser de Dios en cuerpo y alma. Si ahora hay tantos problemas, es por la falta de oración, que es el poder de Dios, la Adoración ante el Santísimo, y el Abandono a la voluntad de Dios, para que las fuerzas del mal en el mundo no los toquen, orar, orar, .... eso nos enseña Jesús en el huerto de los Olivos, orar para no caer en tentación”. ¿Qué añadir? Jesús los llama “para estar con Él”, por eso es tan importante que el sacerdote esté con Jesús cada día, de otro modo ve como una obligación imposible de llevar aquéllo que era un don precioso.


2. IGLESIAS ORIENTALES

¿Y algunas iglesias orientales, en las cuales los sacerdotes pueden ser casados? La historia nos dice que no es una mera innovación del occidente cristiano: es tradición desde el comienzo, y las mismas Iglesias Orientales exigen el celibato de los Obispos; tampoco admiten el matrimonio de los sacerdotes y no permiten sucesivas nupcias a los ministros que enviudaron. Se trata, siempre y solamente, de la ordenación de hombres, que ya estaban casados. Esas tradiciones son legítimas, tanto como las nuestras, que tiene sus razones: el celibato es un don, que la Iglesia ha recibido y quiere custodiar, convencida de que éste es un bien para sí misma y para el mundo. Hay motivos teológicos y pastorales, que no todos pueden entender (Mt 19, 10-12): unirse más fácilmente a Cristo con un corazón indiviso, y dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los hombres, como decía Oscar, con 32 años de casado: “El celibato no es porque sí, sin razón alguna. Para entenderlo mejor habría que tener en cuenta primero que la unión conyugal obliga a cada uno de los cónyuges a amar al otro en forma exclusiva y excluyente, como Cristo a la Iglesia (Ef. 5) y juntos, como uno que son, participar (ambos) del sacerdocio único de Cristo.

En otras palabras, una persona no podría amar con total desprendimiento y amor a una persona e igual a una comunidad, como sería el compromiso de un sacerdote. El sacerdocio no es una profesión como es la de un ingeniero o un abogado sino que es un estado de vida, a la par de un casado. Un sacerdote casado equivaldría pues a un varón con dos mujeres en una relación lícita, lo cual no sería posible si tenemos en cuenta que una persona tiene un solo corazón y un solo cuerpo, por eso el Santo Padre dijo en Holanda, hace unos años frente a este tema, que necesitaba a sus sacerdotes con el corazón libre para amar... Aunque suene irreverente, permítanme esta figura: Jesús mantuvo una relación celibataria con la humanidad y no hubiera podido sacrificarse en la cruz por amor a nosotros si dejaba esposa y un par de hijos”. Son opiniones, pero sin duda teológicas.

Ha nacido en la Iglesia la costumbre del celibato que se ha hecho ley, pero intuimos que esto responde a la voluntad de Dios, tenemos miedo a quitar lo que el Señor ha puesto por algún motivo, aunque hemos de profundizar aún más en los motivos. Hay libertad para casarse, esto está claro; uno puede ser célibe por muchos motivos, uno de ellos puede ser configurarse a Cristo cabeza de la Iglesia y estar libre, como escribe Juan Pablo en referencia al camino a la santidad dentro del sacerdocio, “a la realización espiritual tomando como modelo al Único y Verdadero Modelo: ‘El verbo se encarnó para ser nuestro modelo de Santidad’ (Catecismo, n.459)”, y en el caso del sacerdote la ley no obliga a nadie a mantenerse célibe, sino que de entre los que expresan esa disponibilidad y carisma, escoge a algunos para vivir el estrecho vínculo que el celibato tiene con la sagrada ordenación, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia.


3. LIBERTAD DE CORAZÓN

El tema no es “casarse o no”, es amar de otra manera: como Cristo, consagrar toda su energía vital a los planes del Reino de Dios, como los santos (Juan Pablo II, Teresa de Calcuta...)

Pío XII llamó a la virginidad y al celibato apostólico "uno de los tesoros más preciosos que Cristo ha dejado en herencia a su Iglesia" (25-111-1954). Si no se entiende es porque no sabemos qué es el amor, y tampoco se entiende el matrimonio, esta vocación tan alta y hoy tan maltratada, que sufre una crisis más fuerte que la del celibato, aunque los dos carismas están relacionados, porque son una sola cosa: expresiones distintas del amor.

¿Nos imaginamos a Jesús casado? Ha de estar para todos, al igual que Él, el sacerdote podrá decir: “mi familia son ellos...” Esto, efectivamente, conlleva una cierta soledad, un ser “pájaro solitario” (S. Juan de la Cruz) que busca la unión con Dios, y ciertamente puede ser difícil, pero ahí están los valores de libertad, disponibilidad, generosidad en el amor, amplitud y trascendencia; esto no significa que alguno no pueda elevarse y vuelva al nido: ahí rehará su vida, no hemos de juzgar a nadie, es volar de otro modo. En resumen, todos en la Iglesia, sacerdotes y laicos, han de buscar la santidad en su estado, pues a todos dijo el Señor: "Sed perfectos, porque mi Padre celestial es perfecto." (Mt. 5, 48)

   

El sacerdote y la pastoral en el mundo digital

04 Julio 2011

Mensaje del Papa para la 44 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. 24 de enero 2010
El sacerdote y la pastoral en el mundo digital
El sacerdote y la pastoral en el mundo digital

Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales


44ª JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES


"El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra"

16 de mayo 2010





Mensaje del Santo Padre




Queridos Hermanos y Hermanas,

El tema de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales - "El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra" - se inserta muy apropiadamente en el camino del Año Sacerdotal, y pone en primer plano la reflexión sobre un ámbito pastoral vasto y delicado como es el de la comunicación y el mundo digital, ofreciendo al sacerdote nuevas posibilidades de realizar su particular servicio a la Palabra y de la Palabra. Las comunidades eclesiales, han incorporado desde hace tiempo los nuevos medios de comunicación como instrumentos ordinarios de expresión y de contacto con el propio territorio, instaurado en muchos casos formas de diálogo aún de mayor alcance. Su reciente y amplia difusión, así como su notable influencia, hacen cada vez más importante y útil su uso en el ministerio sacerdotal.

La tarea primaria del sacerdote es la de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, y comunicar la multiforme gracia divina que nos salva mediante los Sacramentos. La Iglesia, convocada por la Palabra, es signo e instrumento de la comunión que Dios establece con el hombre y que cada sacerdote está llamado a edificar en Él y con Él. En esto reside la altísima dignidad y belleza de la misión sacerdotal, en la que se opera de manera privilegiada lo que afirma el apóstol Pablo: "Dice la Escritura: ´Nadie que cree en Él quedará defraudado´... Pues "todo el que invoca el nombre del Señor se salvará". Ahora bien, ¿cómo van a invocarlo si no creen en Él? ¿Cómo van a creer si no oyen hablar de Él? ¿Y cómo van a oír sin alguien que les predique? ¿Y cómo van a predicar si no los envían?" (Rm 10,11.13-15).

Las vías de comunicación abiertas por las conquistas tecnológicas se han convertido en un instrumento indispensable para responder adecuadamente a estas preguntas, que surgen en un contexto de grandes cambios culturales, que se notan especialmente en el mundo juvenil. En verdad el mundo digital, ofreciendo medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas y actualiza la exhortación paulina: "¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!" (1 Co 9,16). Así pues, con la difusión de esos medios, la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta, sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y eficaz. A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de una "nueva historia", porque en la medida en que estas nuevas tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, y cuanto más se amplíen las fronteras del mundo digital, tanto más se verá llamado a ocuparse pastoralmente de este campo, multiplicando su esfuerzo para poner dichos medios al servicio de la Palabra.

Sin embargo, la creciente multimedialidad y la gran variedad de funciones que hay en la comunicación, pueden comportar el riesgo de un uso dictado sobre todo por la mera exigencia de hacerse presentes, considerando internet solamente, y de manera errónea, como un espacio que debe ocuparse. Por el contrario, se pide a los presbíteros la capacidad de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas "voces" surgidas en el mundo digital. Deben anunciar el Evangelio valiéndose no sólo de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis.

El sacerdote podrá dar a conocer la vida de la Iglesia mediante estos modernos medios de comunicación, y ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo. Para ello, ha de unir el uso oportuno y competente de tales medios - adquirido también en el período de formación - con una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por su constante diálogo con el Señor. En el contacto con el mundo digital, el presbítero debe trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la "red".

También en el mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y actual. En efecto, la pastoral en el mundo digital debe mostrar a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorienta de hoy que "Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos mutuamente" (Discurso a la Curia romana para el intercambio de felicitaciones navideñas, 22 diciembre 2009).

¿Quién mejor que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a través de la propia competencia en el campo de los nuevos medios digitales, una pastoral que haga vivo y actual a Dios en la realidad de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría religiosa del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro? Quien trabaja como consagrado en los medios, tiene la tarea de allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales. Le corresponde ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo "digital" los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral. La Palabra podrá así navegar mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones y decir de nuevo: "Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y cenaremos juntos" (Ap 3, 20).

En el Mensaje del año pasado animé a los responsables de los procesos comunicativos a promover una cultura de respeto por la dignidad y el valor de la persona humana. Ésta es una de las formas en que la Iglesia está llamada a ejercer una "diaconía de la cultura" en el "continente digital". Con el Evangelio en las manos y en el corazón, es necesario reafirmar que hemos de continuar preparando los caminos que conducen a la Palabra de Dios, sin descuidar una atención particular a quien está en actitud de búsqueda. Más aún, procurando mantener viva esa búsqueda como primer paso de la evangelización. Así, una pastoral en el mundo digital está llamada a tener en cuenta también a quienes no creen y desconfían, pero que llevan en el corazón los deseos de absoluto y de verdades perennes, pues esos medios permiten entrar en contacto con creyentes de cualquier religión, con no creyentes y con personas de todas las culturas. Así como el profeta Isaías llegó a imaginar una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56,7), quizá sea posible imaginar que podamos abrir en la red un espacio - como el "patio de los gentiles" del Templo de Jerusalén - también a aquéllos para quienes Dios sigue siendo un desconocido.

El desarrollo de las nuevas tecnologías y, en su dimensión más amplia, todo el mundo digital, representan un gran recurso para la humanidad en su conjunto y para cada persona en la singularidad de su ser, y un estímulo para el debate y el diálogo. Pero constituyen también una gran oportunidad para los creyentes. Ningún camino puede ni debe estar cerrado a quien, en el nombre de Cristo resucitado, se compromete a hacerse cada vez más prójimo del ser humano. Los nuevos medios, por tanto, ofrecen sobre todo a los presbíteros perspectivas pastorales siempre nuevas y sin fronteras, que lo invitan a valorar la dimensión universal de la Iglesia para una comunión amplia y concreta; a ser testigos en el mundo actual de la vida renovada que surge de la escucha del Evangelio de Jesús, el Hijo eterno que ha habitado entre nosotros para salvarnos. No hay que olvidar, sin embargo, que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre todo de Cristo, al que encontramos y escuchamos en la oración; al que anunciamos con la predicación y el testimonio de la vida; al que conocemos, amamos y celebramos en los sacramentos, sobre todo en el de la Santa Eucaristía y la Reconciliación.

Queridos sacerdotes, os renuevo la invitación a asumir con sabiduría las oportunidades específicas que ofrece la moderna comunicación. Que el Señor os convierta en apasionados anunciadores de la Buena Noticia, también en la nueva "ágora" que han dado a luz los nuevos medios de comunicación.

Con estos deseos, invoco sobre vosotros la protección de la Madre de Dios y del Santo Cura de Ars, y con afecto imparto a cada uno la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2010, Fiesta de San Francisco de Sales.

BENEDICTUS XVI
   

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